Una tarde de Lunes,
decidí ir al cementerio a visitar la tumba de mi abuela. Iba al lugar con
frecuencia para sentirme más cerca de ella. Sin darme cuenta llegó la noche y
me encontraba todavía, allí sentada. Recorrí el lugar en busca de ayuda,
pero ya no había nadie allí dentro. Desesperada, corrí hacia la entrada
principal y me puse a gritar pidiendo ayuda. Pronto, el aire se llenó de
sonidos y de voces que no procedían de este mundo, sentía pasos detrás mío,
aunque no me atrevía a mirar. Temblaba; había vuelto a suceder...entonces, de
mi boca salió el nombre de mi abuela, y dos segundos después, ella se encontraba
frente a mí sosteniendo el portón abierto. La miré, ella me sonrió y se marchó.
Existe gente en los manicomios a los que se les llama locos, cuentan
experiencias increíbles sobre presencias del más allá y la gente suele burlarse
de ellos. Yo soy una de aquellas personas.
El duende
Algo la despertó a
media noche, era una extraña voz que murmuraba obsesívamente su nombre. Amy
abandonó su claustro y salió caminando por los oscuros pasillos del internado,
el viento aullaba rabiosamente a través de los tragaluces y en la penumbra de
los ventanales y techos abovedados, esa voz tétrica y fantasmal parecía cada
vez más cercana, Amy recorrió el vetusto edifício como un pequeño y sigiloso
fantasma en camisón hasta llegar al pie de la torre maldita. Esa torre era un
lugar prohibido para las jovencitas del internado y nunca se explicó la causa,
se rumoreaba que allí vivía un duende. La puerta se abrió chirriante, y con
suma cautela, Amy se dispuso a entrar. Subió la escalera de caracol guiada por
esa misteriosa voz que la llamaba por su nombre y llegó a lo alto de la torre,
donde se encontraba el campanario, miró a través de la ventana de la torre
escudriñando el exterior y apenas distinguió la masa oscura de los árboles
agitándose por el viento como seres lúgubres retorciendose de dolor, rozó la soga de la campana
involuntariamente, lo que provocó un leve tañido que le hizo brincar del susto,
Amy retrocedió hasta la pared y los vellos de su piel se erizaron cuando sintió
que su espalda había tocado algo, dió un respingo y se giró lentamente,
paralizada de miedo, de entre la negrura, una manada de palomas despertaron
sobresaltadas y comenzaron a revolotear sobre ella, haciéndole perder el
equilíbrio. Lo que pudo ver desde el suelo fué el rostro de una joven
semioculto por una mata de pelo salvaje que le miraba con ojos extraviados.
Ahora pudo escuchar con claridad la palabra que aquella boca de dientes
afilados pronunciaba una y otra vez con enfasis creciente: no era su nombre,
Amy lo que brotaba de aquellas comisuras deformes, lo que decía: era:
"hambre"
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