La puerta al Infierno

Durante una noche de fiesta y borrachera, alguien propuso un reto consistente en ver cual de ellos era capaz de pasar una noche entera en ese inhóspito pasaje donde nadie se aventuraba a adentrarse. Él aceptó el desafío sin titubear y ahí estaba, maldiciendose a sí mismo y a su ímpetu irreflexivo.
La oscuridad de la noche parecía engullirlo todo, el viento ululaba entre las ramas desnudas de los escasos árboles de troncos resecos; esta era la única vegetación que subsistía en ese paraje junto a bloques de rocas peladas, sin vestigio de vida animal, de pronto, un aullido procedente de los más recóndito hizo que su corazón diera un vuelco Del suelo emanaba una bruma maligna que envolvía todo el paisaje, perfilando un lienzo de sombras oscilantes y extrañas siluetas que llenaban su mente de miedos infantiles. Un grito espeluznante recorrió el paisaje retumbando en sus tímpanos. El joven dió un salto hacia atrás mientras un coro de gritos y aullidos se sucedían como si una jauría de seres endemoniados emergieran del submundo; una orgía delirante de sonidos y sombras demoniacas bailaban en círculo a su alrededor, el joven sintió como empezaba a perder el control de sus pensamientos; antes de que pudiera reaccionar, la locura se había apoderado de sus sentidos, y como un loco echó a correr hacia ninguna parte hasta que acabó rodando por las escarpadas rocas.
Cuando la noche se desvaneció disipandose la neblina, el páramo amaneció en silencio con la única excepción de un débil y lejano lamento de origen ignoto, durante varios días sus amigos buscaron su rastro sin éxito y pese a las busquedas posteriores, sigue sin conocerse su paradero, pero cuando se acerca la noche y la tierra expulsa las almas atormentadas de sus entrañas, pueden distinguirse las voces de quienes se atrevieron a desafiar su suerte adentrandose a través del páramo.

Madera

Solo le faltaban los últimos retoques a la marioneta que confeccionó con la madera recogida en el bosque, cuando terminó de dibujarle y pintarle los rasgos, la contempló satisfecho; pero al observarlo con atención, no se sentía satisfecho con lo que transmitían los ojos y la sonrisa de la marioneta, no era lo que él buscaba. Se restregó los ojos y bostezó, ya le colocaría las cuerdas al día siguiente. Se acostó y se sumergió en un sueño de marionetas y de muñecos parlantes.
De pronto, algo le despertó: había ruidos en su taller, se levantó y al encender la luz quedó petrificado de horror: la marioneta no estaba donde él la había dejado, ahora colgaba de una cuerda que rodeaba su cuello y sus miembros se agitaban entre estertores.
Cortó la cuerda y metió a la marioneta en una caja. Al día siguiente, volvió al bosque y enterró la caja en el mismo lugar donde recogió la madera. Años atrás, cuando recorría el bosque en busca de madera, vió a un hombre que acababa de colgarse; y fué en el mismo árbol bajo el que ahora cavaba, aquel cuyas ramas cortó para dar forma a aquella marioneta.