Fuego




Íbamos con el coche de mi padre y como era de esperar a esa hora de la madrugada la carretera estaba vacía, aun no sé si fue por la emoción del concierto o por el hecho de estar cometiendo un acto prohibido pero pisé a fondo el acelerador, la euforia me había cegado.
Pasábamos por una curva muy cerrada y tardé en reaccionar, el coche salió de su ruta y empezó a rodar descontroladamente.
Cuando desperté, Mónica gritaba torturada por el dolor, Cyntia gimoteaba debilmente, pero Noa yacía en silencio confundida entre la masa retorcida de metal. Yo estaba afuera, no llevaba el cinturón abrochado y esto me había salvado pues mientras el coche giraba dando vueltas por la cuneta, se abrió la puerta lanzándome despedida, pude levantarme fácilmente pues había caido sobre un lecho blando de tierra. Mi reacción al despertar fué correr hacia el auto, pero algo me frenó, y esto me salvó por segunda vez no, ya que un remanente del encendido prendió la gasolina que había desprendido el depósito y el coche estalló en llamas. Nunca podré olvidar el lamento redoblado de mis amigas y sus rostros devorados por el fuego.
Han pasado años de aquello y aunque mi paso por el reformatorio ha cambiado mi carácter, no ha podido borrar los recuerdos que me siguen atormentando, no dejo de pensar que debí haber acompañado a mis amigas en aquel trágico accidente porque ellas se me aparecen noche tras noche frente a mi cama envueltas en llamas y jurando venganza. Creo que estoy a punto de enloquecer.

Adiós hija, te quiero



Tenía que dejar a su hija sola en casa y un oscuro presentimiento la torturaba por dentro, pero como no podía dejar su trabajo ya que era su único sustento decidió marchar. La pequeña, asustada, se fué a dormir temprano deseando que pasara el tiempo sin darse cuenta. Al poco rato, sonó el teléfono despertandola de sobresalto y levantó el auricular con la esperanza de escuchar la voz de su madre: pero nadie contestó. Desilusionada y contrariada colgó el teléfono y volvió a la cama encogiendose bajo las sábanas para olvidar lo ocurrido. Pero al poco rato volvió a sonar el teléfono y cuando llegó descalza, de puntillas para descolgarlo, un sonido que vagamente recordaba al timbre de voz de su madre respondió:
-Adiós hija, te quiero
De pronto llamaron la puerta con insistencia y temblando de miedo se apresuró a abrir pero cuando salió, encontró el cuerpo de su madre en el suelo, totalmente desgarrado y con las piernas partidas y grotescamente torcidas hacia ambos lados. Incapaz de resistir la impresión de aquello, cayó desmayada perdiendo el conocimiento y cuando despertó, estaba siendo tratada en un centro de acogida. Aunque los médicos se esforzaron en ayudarle a superar su traumática experiencia, ella no dejaba de soñar con esa voz que repetía una y otra vez:
-Adiós hija, te quiero