El aula número 13

El rector era alto, corpulento y siempre llevaba traje gris con zapatos negros muy brillantes. El era el precursor de aquel internado para niños provenientes de famílias desestructuradas.
Estaba anocheciendo, caia una lluvia fina y el cielo estaba cada vez más cubierto, entre risas Bruno se escabuyó de clase y siguió al rector a escondidas, subió los escalones despacio ocultandose tras las esquinas, lo siguió a una distancia prudente y lo vió encaminarse hacia la habitación prohibida: el aula número 13. El chico observó que el rector arrastraba algo, no era un bulto cualquiera, parecía flácido e inerte. Bruno atinó la vista y pudo distinguir dos brazos y dos piernas. Bruno contuvo un grito de pánico y bajó las escaleras corriendo. El rector sintió la respiración de alguien y lentamente se dio vuelta, tenía la ropa manchada de sangre y sus manos estaban completamente rojas. Introdujo el bulto en el cuarto y cerro con llave. 
Habia llegado la hora de dormir. Bruno se vistió, subió las escaleras  con sigilo y atravesó con cautela el oscuro pasillo, apenas alumbrado por una tenue luz proveniente del aula número 13. El muchacho se acercó hasta la puerta andando de puntillas y paró frente a ella, guiñando un ojo se arrimó al ojo de la cerradura para escudriñar en su interior. Casi de inmediato se abrió la puerta con violencia, dos manos robustas lo agarraron con fuerza y lo arrastaron hacia dentro..


Animas

Cada noche hacia lo mismo: se alimentaba de la energía de cadáveres recién fallecidos. Su agonía era indescriptible, pero nadie le escuchaba, la energía que absorvía de aquellos cuerpos era lo que le mantenía vivo. El aura de aquel espectro se sentía atraído por aquellos cadáveres a los que nadie reclamaba, necesitaba alimentarse del remanente energético que emanaba de ellos. En la soledad de las calles, no todos los espectros eran iguales; algunos, no se alimentaban de la energía de otros cuerpos. Mas bien conversaban con los vagabundos que yacían recostados en los portales, si algún transeunte pasaba en aquel momento y veía al vagabundo, pensaba que estaba hablando solo.

A otros en cambio les encantaba asustar a niños, y ancianos moribundos, se alimentaban del miedo que producían en ellos, adoptaban las mas espeluznantes formas. Caras grotescas, cuerpos amorfos, voces de ultratumba; recorrían los hospitales, geriatricos y horfanatos en busca de víctimas. Pero el único deseo de aquellos espíritus era el de reencontrarse con sus familiares y seres queridos. Son las leyes que imperan en el inframundo: aquellos que no logran encontrar su destino, acaban vagando sin rumbo fijo hasta que logran encontrar la paz y el descanso que tanto anhelan.